Red Hot Chili Peppers (Palau Sant Jordi – 15/12/2011)
Sin suponer un cambio radical como de la noche al día, Red Hot Chili Peppers dejaron claro que es bastante diferente verlos iniciando gira (como en sus dos últimas visitas, en el 2002 y en el 2006) que finalizándola. Si en aquellos conciertos nos encontrábamos a una banda dubitativa, aún desperezándose, que mimetizaba las nuevas canciones, reproduciéndolas de forma mecánica, el pasado día 15 en el Sant Jordi pudimos presenciar una versión más entonada de sus mismos protagonistas (exceptuando el cambio a la guitarra de Klinghoffer por Frusciante, y la incorporación de dos músicos adicionales: Mauro Refosco a las percusiones, y Steve Warren a los teclados), tocando con una soltura y fluidez suficientes para darle un mínimo de ritmo y constancia al concierto, y así no matar al personal con los tiempos muertos.
Pero la edad pesa, y, aunque generaron una temperatura agradable, los californianos no llegaron a hervir el pabellón en ningún momento (pese a la pasión momentánea que generaron éxitos como “Dani California” u “Otherside”), reduciéndole, además, una revolución a temas antaño frenéticos como “If you have to ask” o la versión de Stevie Wonder “Higher Ground”. Donde antes había sacudida, chorreo, y entrepierna, ahora hay un poco de sudor sobaquil, y ya. Aparte, su cantante, Anthony Kiedis, lleva tres discos puliendo y forzando tanto sus registros vocales en estudio que, cuando llega el momento de defender los temas en directo, no le llega la voz, y se le ve incómodo y algo ausente. Tampoco el sonido, interesantemente áspero y saturado, pero crispado en algunos momentos, jugó a favor del nuevo guitarrista, Josh Klinghoffer, al que apenas se distinguió durante la primera mitad del concierto, devorado hasta entonces por el bajo y la batería, pero que dejó cosas interesantes, como la valentía de replantear los solos de Frusciante, haciéndolos suyos.
No abusaron demasiado del nuevo disco, ya que, entre piezas recientes como “Monarchy of Roses”, con la que iniciaron el concierto, “Ethiopia”, “The adventures of raindance Maggie”, o el futuro single “Look around”, intercalaron hits como “Under the bridge”, “Can’t Stop”, o “Tell me baby”, y otras canciones menos esperadas, como el pildorazo funk-rock de minuto y medio “Right on time”, o “Hard to concentrate”, un precioso medio tiempo oculto en el sobreproducido “Stadium Arcadium” (2006), y que funcionó a la perfección como bisagra a mitad de actuación, terminada con “Californication” y una “By the way” granítica y contundente (y con unos audiovisuales muy atractivos, realizados con imágenes antiguas de la banda y carteles de conciertos).
Para el bis (con un volumen sísmico del bajo), además del tradicional momento en que el bajista, Flea, se pasea por el escenario haciendo el pino, quedaron “Around the world”, una “Meet me in the corner” mal ubicada (bajada de tensión entre dos temas álgidos) y tocada sin la sutileza necesaria, y, cómo no, “Give it away”, pero lo mejor y más imprevisible de las casi dos horas de concierto tuvo lugar al principio y al final de éste -el bis-, con dos largos momentos instrumentales a tres bandas, sin cantante, empezados como funk robusto para luego derivar en orgía decibélica.
Poca interacción con el público (lo que, personalmente, es de agradecer), tan solo Flea, estuvo más hablador, con agradecimientos al público, un guiño sobre su pasión por los Lakers (“gracias por Pau Gasol”), y una reflexión final sobre todas las veces que han venido a Barcelona en sus casi 30 años de carrera musical, y el batería, Chad Smith, también estuvo ‘jugando’ con el público, primero con sus solos de batería en el bis, y luego con sus carreras por el escenario al finalizar la actuación, saludando a la gente de las gradas y de la pista.
En resumen, concierto disfrutable, pero renovada sensación de que a este grupo lo hemos conocido tarde sobre los escenarios.
Etiquetas: barcelona, opinion, red hot chili peppers, conciertos, Música