Primavera Sound 2012: resumen del jueves 31

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El Primavera Sound 2012 ya es historia, y en “Zonamusica” explicaremos parte de los conciertos más destacados de esta edición, dividiendo el resumen en tres artículos separados, uno por cada jornada central del festival. Con la timidez, la ilusión, y el nerviosismo de una banda sobre la que apenas se sabía algo hace un año, empezaba lo que iban a ser tres días de dulce castigo para los tímpanos.

Un estreno, eso sí, que siempre es menos abrupto con bandas como la barcelonesa Doble Pletina, que salieron a escena puntualísimos, a las cinco tocadas, y ofrecieron un concierto correcto, lastrado por el punto de presión que sentían (o parecían sentir) por tocar en un festival del que probablemente son asíduos habituales, y que les hizo sonar algo agarrotados, sobretodo al principio, y por el plus de calidez que se perdía para un grupo que debe ganar en las distancias cortas. Sin embargo, grandes temas pop como, entre otras, “Cruzo los dedos”, el que cantó apasionadamente Laura Antolín hacia el final de su actuación, o, cómo no, su himno “Música para cerrar las discotecas”, evidenciaron que argumentos tienen, y sólo les faltan más tablas. Y menos impresionabilidad, como la que no sintieron en absoluto Unicornibot -en la foto de arriba-, banda gallega no mucho más veterana, y que hizo gala de un desparpajo inusual en escena, jugando incluso con los ‘elementos’ su guitarrista, que en cierto momento pasó su instrumento, mientras tocaba, por delante de una cámara planeadora. Post-hardcore rítmico, de alma matemática en sus estructuras, y de una fiereza más eufórica que agresiva, nos contagiaron su entusiasmo con un gran concierto.

El Mini fue (exceptuando LFO) el escenario del que salió peor parado el sonido de las bandas. Si la electricidad de Rosenvinge lapidó la melodía de sus canciones el viernes, y la batería de Yo La Tengo palideció el sábado, los estadounidenses Friends vieron cómo las segundas voces de la bajista y algunos detalles sonoros adicionales no le daban, por incomparecencia, relieve y colorido a sus bailables piezas funk y r’n'b con suaves percusiones tribales y ambientes sintéticos. Un concierto cuyo interés, básicamente, se sostuvo en que pudimos intuir las canciones de su primer disco, “Manifest!”, que salió ayer, y en el que hasta llegar a la penúltima canción, su ‘hit’ “I’m his girl”, el público no se animó. Para entonces, su lesionada -en el pie- cantante, Samantha Urbani, ya había bajado a la desesperada entre el gentío para cantar, a hombros de un chico, el mencionado tema. Necesitamos una reválida en sala con ellos. El del ‘sonic youth’ Lee Ranaldo, en cambio, fue de los conciertos de sonido más exquisito e impecable del festival, lo cual es mucho decir teniendo en cuenta la deriva distorsionada que tomaban la mayoría de sus canciones, más clásicas y ortodoxas que las de su finiquitada banda madre (Steve Shelley, por cierto, le secundó a la batería). Un buen concierto que si no fue la bomba fue por las propias limitaciones del aún corto material en solitario de Ranaldo.

En el escenario Adidas, The Experimental Tropic Blues Band no hicieron honor a su nombre, ya que no son nada experimentales ni tropicales (aunque unos belgas reproduciendo sonidos norteamericanos es algo bastante exótico), y sí algo ‘blues’, pero, sobretodo, son muy rockeros (no es nada extraño que Jon Spencer ande como productor de su álbum, así como su compañero en Heavy Trash, Matt Verta-Ray). Una actuación divertida en la que el trío de Lieja se soltó el pelo a base de ‘riffs’, canciones contundentes de ritmo ‘boogiesco’, y una harmónica que le daba un tono hillbilly a su propuesta, si bien su cantante gastó el truco de bajar a bailar con el personal a base repetirlo hasta tres veces. Thee Oh Sees -en la foto de abajo-, por su parte, dieron uno de los mejores conciertos de esa primera jornada, gracias a su curiosa y febril mezcla de suciedad garajera, pegadizas líneas instrumentales, jolgorio vocal, y desarrollo ‘krautrock’ de los temas. Canciones infinitas que secuestraban tu cuerpo a merced de su compás. Al final, debido a la baja de Sleep, que tocaban después de ellos, a causa de la embolia cerebral de uno de sus miembros, decidieron tocar cuatro temas más, y hasta el propio guitarrista, John Dwyer, avisó al público -sin especificar el motivo- del contratiempo sufrido por dicha banda.

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Fue el momento de volver al Adidas para ser sorprendido con el robusto directo de los muy jóvenes The Lovely Bad Things, cuarteto angelino de pop ruidoso, garajero, y melódicamente atinado, cuyos componentes se intercambiaban los instrumentos tras cada canción lo suficientemente rápido para que no diera la sensación de que la actuación avanzaba a trompicones. Promesa al canto.

En el más pequeño rincón del Fòrum, escenario Vice, tenía un ‘slot’ reservado una de las apuestas arriesgadas del festival, el guitarrista tuareg Bombino, no porque sea un músico de sonido críptico y experimental (al contrario, puro ritmo), sino porque, junto a Afrocubism, era la primera vez que un artista africano, haciendo música no occidental, se programaba en el evento barcelonés. Al final, reunió a una aceptable cantidad de público (más teniendo en cuenta que se solapaba con el concierto de Franz Ferdinand), y, como ya hicieron Tinariwen en la sala Apolo el pasado mes de marzo, nos hipnotizó, junto a otro guitarra y un bajista, a base de secuencias circulares cuyo diámetro se engrandecía de forma tan misteriosa como desaparecía, y ‘riffs’ de corazón ‘hendrixiano’. Quizá la batería no congeniaba igual de bien con la cadencia de los instrumentos de cuerda de lo que lo habría hecho una percusión más tradicional, pero ni eso deslució su actuación. Una gozada. Propuesta totalmente opuesta a la de Wolves in the throne room, que, teniendo en cuenta que actuaban en el descendente escenario ATP, a uno le daba la sensación de haber llegado a las catacumbas del festival, donde la ruidosa ralentización musical propia del ‘doom-metal’ y las voces astilladas y monstruosas, acompañadas de una sencilla e inquietante escenografía como de siniestro bosque encantado, generaron un ambiente tan agresivo como poderoso, ante el cual uno podía dejarse ir -como servidor-, o irse de allí.

Tras ellos, eso sí, regreso a casa, desconfiando de las sombras.

(fuente imágenes: En clave de luna (Pablo Luna Chao) / Muzikalia)

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