Puede que seas fan de Coldplay, incluso de Keane, pero debes saber que Travis estaban antes. Ellos como quien dice se inventaron, cuando Coldplay no eran ni tan sólo un proyecto, esa variante del brit pop que ofrecía una mezcolanza de felicidad y nostalgia que sin embargo conseguía poner de buen humor a cualquiera, pese a que letras como la de 'Why Does It Always Rain On Me' no fueran precisamente la alegría de la huerta. Misterios inexplicables aparte, estos escoceses alcanzaron su cenit con el disco The Invisible Band, el tercero en su haber, publicado en 2001 y donde conjugaban todos los elementos que hacían de Travis un grupo quizá simple pero sin duda -y seguramente por ello- singular.
Luego vino, dos años después, el irregular 12 Memories, donde intentaron dar una muestra de madurez que nadie pedía, se tornaron algo más oscuros y perdieron la efectividad pop de himnos como 'Sing' o 'Side'. Pero eso ya es historia, porque Travis han vuelto: The Boy With No Name es todo lo que la continuación de The Invisible Band debió de haber sido y no fue. Es un tratado medidísimo de pop de melodías, sencillo pero infalible, en la que las canciones siguen estructuras muy parecidas (la que comentábamos al principio) pero todo encaja tan bien que no hace falta más.
Pero, por encima de todo, Travis han vuelto a hacer grandes canciones. De esas ante las que caer rendidos. Y eso es algo que saben hacer muy, muy bien cuando se ponen a ello. Tan bien que en este disco vemos claramente las dos facetas que los renacidos Travis pueden adoptar: una más introspectiva ('Big Chair', '3 Times And You Lose' o la fantástica 'Colder') y otra mucho más enérgica y vital ('Selfish Jean', 'My Eyes' -una canción de bienvenida que Francis Healy, líder de la banda, canta a su hijo recién nacido- y 'One Night', siendo estas dos últimas las joyas del disco). Y ambas convencen, son creíbles y al fin y al cabo acaban ofreciendo lo que esperábamos de ellos: grandes temas de pop. La vida parece sencilla con discos así.
Nota: 8

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