Enrique Bunbury – “Licenciado Cantinas” (EMI, 2011)
Hace tan solo seis años, Enrique Bunbury podría haber dado un concierto en el comedor de tu casa a un precio razonable. La gira en la que presentaba “El viaje a ninguna parte” (2004) se prolongaba más y más, aceptando citas en entornos susceptibles al fracaso (Viña Rock o Senglar Rock, en los que comprobó la hostilidad y el ninguneo, respectivamente, de un público ajeno a su propuesta), en una fiebre escénica que duró más de un año, y terminó abrupta y fulminantemente en el quinto tema de su penúltimo concierto nacional.
Por entonces, el maño ya sentía Latinoamérica como segundo (o primer) hogar, tras varios meses de viaje por sus pueblos y ciudades que le inspiraron las canciones del disco antes mencionado. Tras tres trabajos más en los que la influencia siguió estando más que presente, esta semana edita “Licenciado Cantinas”, un homenaje a los múltiples estilos musicales de la zona (tangos, chacareras, tex-mexs, música andina, rancheras…) en forma de disco de versiones de canciones tradicionales, en el que cuenta con la colaboración de históricos como ‘Flaco’ Jimenez, Elíades Ochoa, o Dave Hidalgo (Los Lobos).
Más allá de la habilidad a la hora de intuír qué piezas sería capaz de llevar a su terreno (no hay canción que dé la sensación de quedarle grande), resalta el hecho de que el de Zaragoza ya hace un par de discos en que parece haber aprendido a confiar en que los mínimos mimbres de una bella tonada lo que hacen es resaltarla, y a contenerse cuando la canción lo requiere. He ahí el caso de “Pa llegar a tu lado”, “El cielo está dentro de mí” o “Que me lleve la tristeza”, perdiendo en potencia gutural para ganar en hondura, y acompañadas con guitarra y pocos arreglos. Y que, combinadas con temas más expansivos, como “Llévame” y “Chacarera de un triste” (que, pese a contar con pianos y detalles percusivos propios del jazz latino, podrían haber estado presentes en su cabaretero “Flamingos” (2002)), le dan a su séptimo disco en solitario, escuchado entero, una vivacidad variada y dinámica.
Pero lo que más destaca de “Licenciado Cantinas” es el sonido, el haber logrado conservar la fisicidad de los instrumentos (baquetazos de batería que se desintegran en el oído; el slide de la guitarra peinando las melodías) en ese entorno tan aséptico que siempre es un estudio de grabación, aspecto clave para hacer justicia a unas composiciones que parecían haber brotado de la tierra. Y que Bunbury ha sabido recogerlas en macetas, para seguir regándolas.